Acercándonos al nuevo aniversario de la partida a la casa de Dios de San José Freinademetz (en chino -Fu-Shenfu) como Misionero del Verbo Divino, considero importante, incluso necesario compartir con Ustedes algunas pinceladas de su preciosa vida entregada al Señor con un claro objetivo de profundizar nuestra vida cristiana y nuestro compromiso misionero. Siempre, pero mucho más en este tiempo de tantos cambios- es oportuno preguntarnos: “por lo que somos y lo que deberíamos ser; y por lo que hacemos y lo que deberíamos hacer”.
San José Freinademetz nació un 15 de abril de 1852 en una familia numerosa en Oies (Italia). Entró al seminario diocesano para ser sacerdote del clero, sin embargo, en su interior sentía una profunda inquietud por otros horizontes y otros rostros que no eran precisamente los de su región, ni siquiera los de Europa. Una vez ordenado sacerdote desarrolla una bella pastoral parroquial en el Norte de Italia, pero Dios no lo deja tranquilo. A través del boletín diocesano que llega a sus manos (¿pura coincidencia o providencia divina?), descubre que el Señor lo llama a ser misionero en las tierras lejanas. Acepta la invitación del P. Arnoldo Janssen, se hace miembro de la Congregación del Verbo Divino en Steyl (corría el año 1878), comenzando a realizar su sueño de la vida misionera.
Un año más tarde, el primero de marzo de 1879, parte hacia China. En tono muy personal confiesa: “Nunca podré expresar con palabras lo que sentí cuando el reverendo P. Superior nos dio la última bendición y el Nuncio Apostólico nos colgó al cuello la cruz misionera”. Deja su patria, su familia para no volver jamás. Lo único que desea, es cumplir fielmente la voluntad de Dios.
Pronto comprenderá que el proceso de hacerse chino con los chinos es una tarea ardua y la conversión de los chinos aún más difícil todavía. Sin embargo, cuanto más tiempo está con ellos, más los ama y aprecia. El cambio que se opera en él es tan grande que al final de su vida afirma: “Los chinos son un pueblo maravilloso… yo amo a China y su gente y mil veces quisiera morir por ellos… quiero continuar siendo chino también en el cielo”.
Todo esto es posible porque José:
-pone toda su confianza en el Señor. El P. Antonio Volkert, que vivió con Freinademetz un largo tiempo señala: “…Freinademetz era un hombre de oración. Durante sus múltiples viajes, sentado en el carruaje, rezaba o leía. En casa, al final del día, se lo veía en la iglesia absorto en oración y, con frecuencia arrodillado ante el altar, hasta muy entrada la noche...” A los cohermanos solía decir: “Sin meditación malgastamos la vida, que no pase un día sin deteneros en la Sagrada Escritura”.
-es un apasionado e infatigable misionero. José vivía y se desvivía por las cosas de Dios convencido profundamente que el requisito primordial de la misión consiste en el testimonio de vida de los misioneros. En una de sus cartas escribe: “!Si nosotros misioneros fuéramos realmente santos, las cosecha sería mucho más abundante!... La obligación del misionero es sencillamente dar testimonio de Jesucristo…y sembrar la buena semilla”.
-considera que “el amor es el único idioma que todos entienden”. Solo desde el amor comprendemos a José. Fue el amor a Dios y a los chinos por los que dejó su patria y en ese amor supo permanecer en medio de su pueblo hasta el final. Lo demostró en innumerables obras: alojando a los cristianos perseguidos, defendiendo a las comunidades, buscando la promoción de niños y jóvenes, brindando cuidado a enfermos y ancianos, atendiendo a sus cohermanos en su diversas necesidades.
Consumido y extenuado por el trabajo apostólico, falleció de tifus el 28 de enero de 1908 en Taikia, casa central de los Misioneros del Verbo Divino en Shantung del Sur. El P. Arnoldo Janssen, fundador de la Congregación SVD, al enterarse de la muerte de José escribe: “Hoy hemos sufrido el golpe más duro que podía caer sobre nuestra misión en China. El Señor se ha llevado esta alma buena y santa que se conquisto méritos imperecederos al servicio de Shandong-sur… Trabajó con celo, desprendimiento y entrega total”.
José, murió en la opinión de santidad. El 29 de octubre de 1975, el Papa Pablo VI lo declaró beato, y el 5 de octubre del año 2003, el Papa Juan Pablo II elevó a José Freinademetz al honor de los altares.
Sin lugar a dudas, la vida de San José Freinademetz, es un punto luminoso para orientar nuestra tarea evangelizadora en la Iglesia y en el mundo de hoy. Su estilo de vida misionera impresiona, pero también cuestiona y compromete. A todos que nos sentimos verbitas (tanto a nivel personal como comunitario), nos invita a reflexionar sobre nuestra vida y misión en los nuevos escenarios de la sociedad de hoy; nos exhorta a potenciar nuestro celo apostólico amando y sirviendo desinteresada e incondicionalmente a los hombres y mujeres de hoy, convencidos de que: “nuestra vida es muy breve y nuestro tiempo demasiado precioso para que lo despilfarremos sin asunto”.
Muchísimas gracias y que Dios nos bendiga.
EN EL VERBO DIVINO.
P. Tadeusz Giza SVD