¡Buenas tardes! "Ese demoníaco armatoste, ese endiablado vehículo que devora las distancias con una espantosa velocidad…" ¿Estamos hablando del lanzamiento de una nave espacial? No, es la crónica periodística de un diario porteño de 1897, aludiendo al funcionamiento del primer tranvía eléctrico del país. El "demoníaco armatoste" alcanzaba, con mucho esfuerzo, los 60 km por hora. Y recuerdo haber leído alguna vez que muchos médicos de entonces calculaban que la resistencia humana no podría superar en mucho esa velocidad…. A riesgo de sufrir innumerables trastornos físicos.
Cambian los tiempos ¡y cómo! Basta pensar en la fantástica velocidad de las naves espaciales, para darnos cuenta de que en poco más de medio siglo el hombre se acostumbró a convivir con ella.
Lo malo es que nos hemos acostumbrado a vivir siempre más acelerados nosotros mismos, como personas, lamentando que muchas veces "la frenada" tenga que ser demasiado brusca: un shock, un infarto o algo peor aún.
En este ritmo enloquecido ¡hasta a Dios lo queremos acelerar! Y nos desesperamos cuando él tarda a nuestro llamado. Sobre el tema alguien me acercó esta página titulada "La hora de Dios". No sé de quién será, pero puede ayudar a todos:
"No desesperes porque Dios tarda. Dios no tiene prisa, es suya la eternidad. Los hombres tenemos necesidad de correr, porque no llegamos a tiempo. Debemos tener prisa porque sólo disponemos del instante presente, pero para Dios el presente es la eternidad. No te extrañe porque no corra. El sabe por qué no corre, porque tiene que dar tiempo a que nosotros tomemos los instrumentos y nos decidamos a colaborar. Y porque tiene que dejar que el tiempo nos purifique. Y porque quiere que, sobre el tiempo, se amplíen las dimensiones de nuestro ser.
Si Dios tuviera prisa, ¿dónde estaría yo? Yo puedo tener prisa… porque Dios no la tiene".
¡Hasta el lunes!