¡Buenas tardes! "He reducido el mundo a mi jardín, y ahora veo la intensidad de todo lo que existe", dijo bellamente Ortega y Gasset. Y otro autor, de nombre desconocido pero de gran sensibilidad nos regaló una página que bien podría titularse "Oración de lo pequeño".
"Señor, no quiero grandes cosas.
No me des los océanos, sino un vaso de agua cada vez que tenga sed.
No me des los sembrados de la tierra, sino una rebanada de pan cada vez que tenga hambre.
No mes des la extensión de las praderas, sino una parcelita verde donde echarme cara al cielo a mirar las estrellas, el vuelo de los pájaros, los rayos amarillos con que el sol me hace cerrar los párpados.
No me des un vergel, quiero una flor tan sólo, un jazmín infinito que perfume mis días.
Y una sonrisa que no se gaste como las cuentas del rosario.
Y ganas de hacer lo que hago, para que me convierta en un autómata o en un rutinario.
Dame esa cuota de amor que le permite al corazón latir sin sobresaltos, latir seguro y suave, con ese movimiento de vaivén con que la brisa mueve las ramas de los álamos.
No me des una importante enciclopedia, dame una sencilla palabra para decirla a cada una de las personas que se acercan a mí y hacerlas más dichosas.
Señor, que mis dolores no me nublen los ojos impidiéndome ver los dolores de los demás.
Dale a mi mano casi siempre extendida la satisfacción inmensa de tener una mano amiga que la apriete con cariño…"
Y como broche final le acerco esta joyita de Gibrán: "En el rocío de las pequeñas cosas, el corazón encuentra su mañana y toma su frescura".
¡Hasta el viernes!