¡Buenas tardes! El tema es antiguo. El tema es actual. Se la llama -aunque no sea verdad- la profesión más antigua del mundo. Pero debe ser una de las más antiguas.
Los médicos y los sacerdotes somos quizás los que más de cerca podemos ver los dramas que se esconden tras el ejercicio de esta llamada profesión. La mayoría de las mujeres públicas son iniciadas en el oficio cuando son jóvenes, adolescentes y aún niñas (en muchos lugares del país hay chicas de 12 años y aún menores que están siendo explotadas, a veces por sus propios familiares). Ellas, poco a poco se van pudriendo, en alma y cuerpo. Siendo jóvenes pueden recibir algunas mezquinas gratificaciones, pero con el correr del tiempo terminan abandonadas a su propia y desgraciada suerte.
Lo testimonia la Oración de una prostituta, que aparece en el libro del padre Juan Arias, titulado curiosamente "Oración desnuda".
"Yo Señor, soy una prostituta. Pero no una cualquiera. Estoy ya vieja, ajada, gorda. Ya no tengo quien me apadrine. Soy de las que tengo que contentarme sólo con lo que quieren darme. No tengo un piso decente para recibir a la gente ni dinero para anunciarme en los periódicos como "masajista".
Tengo que contentarme con esperar, a las afueras de la ciudad, en la cuneta de las carreteras, bajo el sol y la lluvia, que algún pobre se contente con mis últimos restos de mujer pública.
Los que pasan en coche me miran con asco, vuelven la cara para no encontrarse con mi mirada. Me desprecian hasta las prostitutas de primera clase que acompañan, perfumadas y envueltas en visones, a las personas respetables".
Tengo la esperanza de que esta oración sea leída por alguna chica que empieza a desbarrancarse por el sendero resbaladizo del bajo mundo sexual. Ojalá reaccione a tiempo.
Y a los hombres les dejo el pensamiento de Sor Juana Inés de la Cruz: ¨Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión, de lo mismo que culpáis".
¡Hasta el miércoles!